A comienzos del Siglo XIX, la ciudad de León era un pequeño núcleo urbano articulado en torno a la Catedral, de marcado carácter rural y sin un planteamiento urbanístico previo.
Es a partir de los años treinta, cuando en León empiezan a venderse con gran frenesí las propiedades eclesiásticas en torno a la ciudad, de las cuales un 70% pertenecían a la Colegiata de San Isidoro y al cabildo de la Catedral, los dos grandes propietarios de la ciudad.
En un principio, el interés de estas nuevas tierras entre el Bernesga y el Torío se centraba exclusivamente en la renta agraria, pero a medida que se acercaba el fin de siglo, se comenzaron a revalorizar, ante las grandes expectativas de expansión urbana de la ciudad.

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